Calisto

En los relatos antiguos se cuenta que Zeus, soberano del Olimpo, quedó fascinado por Calisto, una joven cazadora que formaba parte del séquito de Artemisa. La diosa, protectora de los bosques y de las doncellas, exigía a todas sus compañeras un juramento de pureza, y Calisto había aceptado ese compromiso sin vacilar.

Zeus, conocedor de aquel voto y movido por un deseo que no sabía contener, urdió un plan oscuro para acercarse a la muchacha. Aprovechó un momento en que Calisto regresaba agotada de la caza y, oculto entre la espesura, decidió actuar. Tomó la apariencia de Artemisa para ganarse su confianza y se aproximó a ella con palabras amables y gestos tranquilos. La joven, creyendo estar ante su diosa, no sospechó nada… hasta que ya era imposible escapar.

Calisto (Heze) regresaba de una larga jornada de caza (Alfa Lupi). Aún llevaba el arco y la lanza cuando, rendida por el cansancio, se dejó caer sobre la tierra templada. Desde la espesura, Zeus la observaba con atención, convencido de que aquel era el instante perfecto para ejecutar su plan y confiado en que Hera no descubriría aquella nueva traición.

Adoptó entonces la apariencia de Artemisa y se recostó a su lado. Mantuvieron una conversación prolongada, tranquila en apariencia, hasta que el dios del rayo perdió el control y se lanzó sobre ella. Cuando Calisto comprendió lo que ocurría, ya estaba atrapada, incapaz de liberarse del abrazo divino.

Tras consumar su acción, Zeus se alejó hacia la distancia (Asterion), dejando a la joven sumida en la angustia y el desconcierto. Al incorporarse, casi abandona su arco y sus flechas sin darse cuenta.

Aún temblorosa, avanzó entre los árboles, sintiéndose rota y desdichada, hasta encontrarse con la auténtica Artemisa, que regresaba acompañada de sus cazadoras tras una jornada afortunada (Phecda).

Quince años después, Arcas recorría el bosque (Phekard) siguiendo rastros de animales y revisando las trampas que había colocado, cuando de pronto se encontró frente a frente con una enorme osa. Ella (Dubhe) lo reconoció al instante, pero el joven, sobresaltado, intentó huir. Sin embargo, hubo algo en la mirada del animal que lo dejó inmóvil, como si una intuición profunda lo detuviera.

Calisto dio unos pasos hacia él, con cautela, deseando acercarse a su hijo. Arcas, creyendo que la bestia se preparaba para atacarlo, tensó el arco (Kappa Draconis) y apuntó con una flecha, decidido a defenderse. En ese preciso instante, Zeus se manifestó ante el muchacho y le reveló la verdad: aquella osa no era una criatura salvaje, sino su propia madre, víctima de un castigo divino.

Arcas, conmocionado, prometió no hacerle daño jamás. Aun así, Zeus temía que otro cazador pudiera encontrarse con la misma escena y no tuviera la oportunidad de conocer la historia. Por ello, tomó a Calisto por la cola y la elevó hacia el firmamento, donde la convirtió en la constelación de la Osa Mayor. Luego hizo lo mismo con Arcas, transformándolo en la Osa Menor, para que madre e hijo permanecieran juntos para siempre.

Algunas tradiciones cuentan que fue Artemisa quien convirtió a Calisto en osa al descubrir su deshonra; otras afirman que fue Zeus quien la transformó para protegerla de la furia de Hera. Sea cual sea la versión, el cielo nocturno conserva su memoria.

La diosa vio a Calisto a lo lejos y la llamó para que se acercara. La joven, temiendo que su vergüenza quedara al descubierto, avanzó con pasos inseguros, quedándose siempre un poco atrás, incapaz de ocultar el rubor que teñía su rostro.

Su inquietud aumentó cuando las cazadoras encontraron un arroyo cristalino y, entre risas, decidieron darse un baño. Calisto (Phecda) evitaba a toda costa desnudarse; a la humillación que llevaba dentro se sumaba la certeza de que Artemisa, guardiana estricta de la pureza, la rechazaría en cuanto descubriera que ya no era virgen.

Intentó excusarse diciendo que prefería quedarse en la orilla, pero sus compañeras, juguetonas y sin sospechar nada, se abalanzaron sobre ella para quitarle la ropa. Fue entonces cuando la verdad salió a la luz, revelando la desgracia que la joven había sufrido.

Artemisa, herida en su orgullo y en su voto, la apartó de inmediato, expulsándola de su círculo de doncellas (Dubhe) para que no contaminara la pureza del agua ni del grupo.

Pero la diosa de la castidad no fue la única en enterarse. Hera, al descubrir la nueva traición de Zeus, estalló en una furia aún mayor al saber que Calisto estaba encinta del dios.

Los meses pasaron y la ira de Hera no se apaciguó. Cuando Calisto dio a luz a Arcas, la diosa olímpica la enfrentó con violencia, reprochándole no solo haber yacido con Zeus, sino haber tenido la osadía de traer un hijo suyo al mundo. En un arrebato de cólera, la tomó por su larga cabellera y la transformó en una osa.

Convertida en criatura salvaje, Calisto vagó durante años por los bosques, dominada por el miedo, atrapada en un cuerpo que no reconocía y evitando tanto a hombres como a bestias. Rogó a Zeus por ayuda, pero sus súplicas quedaron sin respuesta.