Lacedemón


Cuando Hera descubrió que las hijas de Atlante —las Hespérides— habían empezado a robar las manzanas (Al Haud) del árbol que ella misma les había confiado, decidió poner fin al abuso. Para proteger el fruto sagrado, ordenó al incansable dragón Ladón (Muscida) que se enroscara alrededor del árbol y lo custodiara día y noche, convirtiéndose en su guardián eterno.


Sobre el origen de Ladón (Muscida) circulaban varias tradiciones. Algunos lo consideraban descendiente de Tifón (Menkar) y Equidna (Saclateni); otros afirmaban que era el hijo más joven de Ceto (Menkab) y Forcis (Capella). También había quienes sostenían que no tenía padre alguno, pues habría nacido directamente de la Madre Tierra como criatura primordial.
Fuera cual fuera su linaje, todos coincidían en su aspecto prodigioso: Ladón poseía cien cabezas, y cada una podía hablar en una lengua distinta, murmurando, cantando o amenazando a la vez en un coro imposible de voces.


Otra tradición sobre la cierva de Cerinia afirma que no era un animal cualquiera, sino la misma criatura que la pléyade Táigete (Taygeta) había consagrado a Artemisa. La ninfa ofreció la cierva en señal de gratitud, pues la diosa la había transformado temporalmente en cierva (Capella) para ayudarla a escapar de los deseos de Zeus.
Pero el engaño no podía durar eternamente. Con el tiempo, Zeus descubrió su paradero y acabó uniéndose a ella, de cuya unión nació Lacedemón (Muscida). Tras el parto, consumida por la vergüenza y la desesperación, Táigete se quitó la vida en la cima del monte Amicleo (Phecda), que desde entonces pasó a conocerse como monte Taigeto en su memoria.


La joven Táigete (Mahasim), que llevaba el mismo nombre que su célebre tía, contrajo matrimonio con Lacedemón (Muscida). De su unión nació Hímero (Al Taj), un muchacho cuya belleza y vitalidad llamaron pronto la atención de Afrodita. La diosa, siempre inclinada a los juegos del deseo, provocó que Hímero, sin reconocerla en la penumbra de una noche festiva, yació con su propia hermana, Cleódice (Tabit).
Cuando amaneció y comprendió lo ocurrido, el horror y la vergüenza lo sobrecogieron. Incapaz de soportar la culpa, se arrojó al río Eridano, que en ocasiones recibe su nombre, y desapareció en sus aguas para no ser visto jamás.


