LAS YEGUAS DE GLAUCO


Glauco (Diadem), hijo de Sísifo (v Cet) y de Mérope, y padre del célebre Belerofontes, vivía en Potnias, cerca de Tebas. Allí, llevado por su arrogancia y menospreciando el poder de Afrodita, decidió impedir que sus yeguas concibieran, convencido de que así se volverían más fogosas y veloces que las de cualquier rival. Su única pasión eran las carreras de carros, y estaba dispuesto a desafiar incluso a los dioses con tal de obtener ventaja en la pista.


Pero Afrodita (Virgo), profundamente ofendida por el desprecio de Glauco hacia su poder, acudió a Zeus para denunciarlo. Afirmó que Glauco (Diadem) había llegado incluso a alimentar a sus yeguas con carne humana (Saiph), una práctica abominable que, según la diosa, demostraba hasta qué punto el rey de Potnias había caído en la impiedad y la arrogancia.


Cuando Zeus le concedió libertad para actuar contra Glauco, Afrodita, identificada aquí como (Rigel), decidió castigar al rey de Potnias de un modo sutil pero devastador. Una noche condujo a las yeguas hasta un pozo consagrado a ella (Praesaepe), cuyas aguas tenían fama de alterar el ánimo de quienes las bebían. Después las llevó a pacer una hierba especial (Vindemiatrix) llamada hipomanes, una planta que, según se decía, brotaba en la propia boca de la diosa y despertaba un frenesí irresistible en los animales que la probaban.


Esto ocurrió poco antes de que Jasón celebrara los juegos fúnebres de Pelias en la costa de Yolco. Apenas Glauco (Diadem) hubo uncido las yeguas a su carro (Praesaepe), los animales —ya enloquecidos por el hechizo de Afrodita— se desbocaron. Volcaron el carro, arrastraron a Glauco por todo el estadio, enredado en las riendas, y finalmente lo devoraron vivo (Saiph).
Sin embargo, no todos los relatos coinciden. Algunos afirman que el suceso tuvo lugar en Potnies, no en Yolco. Otros sostienen que Glauco, desesperado por la muerte de Melicertes, hijo de Atamante, se arrojó al mar. Y hay quienes aseguran que Glauco era simplemente el nombre póstumo que recibió Melicertes tras su muerte.
Tras su final violento, el ánima de Glauco se convirtió en un espíritu inquieto llamado Taraxipo, el Excita‑caballos. Se dice que aún merodea por el Istmo de Corinto, donde su padre Sísifo le enseñó por primera vez el arte del auriga, y que disfruta atemorizando a los caballos durante los Juegos Ístmicos, provocando así numerosas muertes.
Otro espectro semejante es el de Mirtilo, muerto por Pélope, que ronda el estadio de Olimpia. Los aurigas, temerosos de su influencia, le ofrecen sacrificios con la esperanza de evitar un destino fatal en la pista.




